Opinión
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29 de febrero de 1960: doce mil personas mueren en el terremoto de Agadir

f266_jnavarroEn cinco segundos, al llegar la medianoche, quedó destruida la bella ciudad de Marruecos

El 1 de marzo de 1960, martes, año bisiesto, el mundo se desayunó con una trágica noticia: miles de muertos por un terremoto que a las 23´56 de la noche anterior, había destruido Agadir, la bonita ciudad turística y pesquera de Marruecos, en la costa atlántica.

A las nueve de la mañana, en la Redacción de mi periódico, la secretaria de dirección ya me tenía reservado un billete de avión para Tánger. El vuelo salía a las diez y media. El tiempo justo para recibir instrucciones, coger la maleta de viaje donde siempre tenía preparada una muda, calcetines, dos toallas, pantalones, un jersey y los útiles de afeitar, y llegar al aeropuerto de Barajas.

“En Tánger te espera nuestro corresponsal Cruz Romero con un coche para que bajes hasta Agadir. Mañana a estas horas necesitamos tu primera crónica por teléfono y nos envías las fotos vía Barajas con algún pasajero en cuanto puedas llegar a Casablanca, que es el aeropuerto más cercano.”

Metí cincuenta rollos de película en el maletín de las cámaras fotográficas, mi eterna e inolvidable Yashica y mi pequeña Voigtlander, y salí disparado como un cohete hacia la pensión, agarré la maleta y en un taxi, rápido al aeropuerto, con el cerebro a mil por hora, como sucede a todos los periodistas cuando son enviados a un acontecimiento fuerte y llevan encima la responsabilidad de sus miles de lectores.

A las once y media aterrizamos en el aeropuerto de Tánger y allí esperaba Cruz Romero, junto a su hijo mayor, que era médico, y un Citroën Tiburón azul marino, con el techo blanco, casi nuevo, sólo marcaba poco más de seis mil kilómetros.

“En el maletero llevas latas de conservas de carne, de pescado, de fruta, leche condensada, café, galletas, cuarenta botellas de agua mineral, alcohol y agua oxigenada, mascarillas…No comas nada que no sea enlatado. Lo desinfectas con alcohol antes de abrirlo. Te lavas las manos con agua mineral. Con el calor se teme una epidemia de infecciones intestinales” – me dijo el hijo de Cruz Romero.

El coche era una centella. Bajé por la magnífica autopista del Atlántico que habían construido los franceses antes de 1956 en que Marruecos consiguió la independencia, pasé por Rabat, Casablanca, El Jadida, Safi, (donde te ofrecían al borde de la carretera la más bella cerámica), Mogador (que ahora se llama Essaouira) y entré en Agadir, todavía con buena luz natural, a las seis y media de la tarde. Hice los 850 kilómetros desde Tánger en unas siete horas. Sólo paré en Casablanca para llenar el depósito de gasolina.

Lo primero que vi, al lado de un edificio derrumbado, fue un grupo de veinte o treinta personas, mujeres, hombres, militares, moviendo desesperadamente con sus manos los escombros ante algunos niños que lloraban sentados en el suelo. Dos soldados marroquíes armados me solicitaron la documentación y registraron el coche. Temí que desapareciera la comida, pero no. Me pidieron que transportara a los niños que pudiera y a un adulto al puesto de socorro. No habían comido ni bebido nada en  casi veinte horas. A los primeros muertos y  heridos los había retirado el Ejército marroquí con camiones y ambulancias. Me bajé del coche y la terrible sorpresa fue escuchar lamentos y llantos bajo los escombros. Había varios enterrados vivos y trataban de sacarlos. Presa de la angustia, en dos minutos tiré un carrete de fotos y me dispuse a ayudar en lo que fuere. Pero los soldados me dijeron que marchara con el coche. Un musulmán joven estaba ya sentado delante esperándome y seis o siete niños, con las caritas asustadas, llenas de polvo, lágrimas y mocos, se amontonaban en los asientos traseros. Les di unos paquetes de galletas que devoraron en un minuto y dos botellas de agua mineral. El joven me guió hasta el puesto de socorro dando rodeos, ya que muchas calles estaban inservibles por las grietas del suelo y los derrumbamientos.

Así quedó la bella ciudad marroquí después del terremoto que la asoló la noche del 29 de febrero de 1960.

El centro de socorro era un hospital improvisado bajo una carpa gigantesca, un larguísimo comedor con mesas corridas y una gran tienda de campaña roja donde estableció su puesto de mando el príncipe Hassan, padre del rey actual Mohamed VI. Hassan, de uniforme militar con la graduación de teniente, tenía 31 años, iba y venía  montado en un soberbio caballo alazano, convocaba a la Prensa y daba personalmente las últimas noticias. A las veinticuatro horas del terremoto estábamos allí más de cien periodistas, españoles, franceses, africanos y hasta un brasileño llamado Rubén Amado, de la revista “Manchete”, a quien pilló el terremoto haciendo un reportaje en Marrakech. Rubén y yo trabajamos juntos los dos días que estuvimos en Agadir, donde además de nuestra labor profesional nos dedicamos a transportar gente, sobre todo españoles, al hospital de campaña. Entre ellos uno, apellidado Ríos, del que me acuerdo perfectamente, su mujer y sus tres niños, que salieron ilesos, pero lo perdieron todo. Vivía en el piso superior de una casita de dos plantas y debajo tenía un modesto taller mecánico que fue sepultado por los escombros. Me decía:

“Nos dió tiempo a salir porque la casa se rajó por todas partes y tardó unos minutos en hundirse. Fue de pánico. El terremoto nos sorprendió dormidos, pero tembló el suelo, cayeron las lámparas, se arrastraron los muebles y los cinco, asustados, bajamos a la calle en pijama cuando ya empezaban a derrumbarse las paredes”.

Me contaba otro español joven que un terremoto es algo que produce terror inimaginable.

“Había salido a la calle con mis dos perros poco antes de las doce, como todas las noches. Los perros lo barruntaron. Con el rabo entre las patas vinieron asustados y me miraban nerviosos como queriéndome decir algo. Fue rapidísimo. Según iba andando empezó a trepidar el suelo de tal manera que me caía, como si estuviera borracho. Inmediatamente se apagaron las luces, cayeron cornisas y tejados, yo corrí para buscar a mi mujer y cuando llegué estaba en la calle aterrorizada. Vivimos en un bloque de tres plantas que ha quedado roto como una galleta con gente debajo. Las casas de los europeos han resistido más, pero las de los musulmanes, sobre todo en la alcazaba, que eran casas de adobes de barro, se han hundido y los han aplastado. Han muerto miles de personas, hombres, mujeres, niños, ancianos, apenas han salvado a unos pocos.”

Un musulmán de mediana edad me explicó cómo sucedió el terremoto.

“La ciudad se hundió como si debajo hubiera estallado una carga inmensa de dinamita, el suelo se agrietó, ardieron muchos edificios por los cortocircuitos eléctricos, la humareda cubrió las ruinas en pocos minutos, las víctimas gritaban, los enterrados o aprisionados por los escombros pedían socorro, los perros, asustados, ladraban y corrían de un lugar a otro. Quienes estábamos vivos, incluso heridos, ayudamos a salvar a los más graves, especialmente a los niños. A los muertos, simplemente los amontonamos. Así, toda la noche, hasta que empezaron a llegar los servicios de salvamento al amanecer”.

El Rey de Marruecos, Mohamed V, que tenía 51 años y estaba muy enfermo, encomendó a su hijo Hassan que, lo más pronto posible, se reconstruyera la ciudad. Y así se hizo. Pero a dos kilómetros de la anterior. Grandes máquinas apisonadoras allanaron la vieja alcazaba y el barrio de Yasir donde vivían los más pobres. La antigua Agadir quedó convertida en un campo desierto, un gigantesco cementerio con doce mil muertos en sus entrañas y algunas ruinas en pie.

Como me anticipó el hijo de Cruz Romero, a los dos días había un hedor insoportable por los cadáveres putrefactos, la gente sufría hemorragias intestinales y la realidad de una epidemia se hizo presente. Rubén Amado y este reportero decidimos marcharnos una vez que habíamos fotografiado todo. Salimos al amanecer del 4 de marzo, llenamos de gasolina el depósito del “tiburón” en Mogador y al mediodía estábamos en Casablanca donde nos dimos un baño reparador en una playa desierta y comimos carne enlatada, como habíamos hecho desde que llegamos a la ciudad hundida por el terremoto.

Nuestro colaborador en una playa de Casablanca a su regreso de Agadir.

Nuestro colaborador en una playa de Casablanca a su regreso de Agadir.

Publiqué varias crónicas en El Alcázar y  un amplio reportaje de más de treinta páginas, con fotos impresionantes, en la revista Ama. Pero durante una semana no pude dormir por las escenas trágicas que me habían quedado grabadas en la memoria.

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Escrito por: Julian Navarro