Opinión
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A pesar de todo…

delpozo

Jesús fue a estudiar a la ciudad siendo adolescente y en muy pocas ocasiones volvió al pueblo. Allí estaban sus recuerdos  agridulces, castilla llana, los paseos  a caballo y cayendo del cielo inmenso,  la grajeta domesticada que acudía a su llamada. Aquellas palomas blancas que criaba, sus perros, la abuela, sus hermanos, su padre anciano, el olor a rancio  y aquel poema  de García Lorca del “Lagarto está llorando” que le recordaba todo su infancia perdida.

¡Hacia tanto que no volvía…! Noventa años le separaban de aquellos pantalones cortos heredados de su hermano mayor, de aquel hatillo de libros que le acompañaba a la escuela cada mañana. Allí, donde estuvo su casa, había unos apartamentos modernos; en la plaza, la botica se había convertido en un restaurante  con una estrella Michelin. Un bar donde había tienda, aperos de labranza olvidados en las calles llenas de gentes que allí viven cerca  de la ciudad, gracias a las buenas carreteras. Jardines, piscinas, barbacoas, donde había corrales, apriscos, gallineros y trocitos de huerta para el consumo familiar. 

En la antigua cochera del tío Valentín hay una Residencia de mayores, pequeña donde recalan ancianos de los pueblos de la zona  y algunas almas con recuerdos comunes.

Quedó viudo hacía algunos años y vivía con el menor de sus hijos que hoy le había llevado hasta aquellas puertas.  

Con ganas de encontrar preguntaron a la directora de la institución, por personas  que pudieran haber coincidido en la infancia de Jesús y fueran sus amigos.  

- ¿Antonio López, de Serrada? y un movimiento de cabeza lo negó…  

- a Isabel Merino, de Mojados… acompañó un gesto de indiferencia 

-¿María Velasco, creo que es de Velilla…?

Sus ojos se iluminaron y una sonrisa esperanzada articuló un ilusionado

-¿Vive…?

-Si claro, es una de nuestras residentes… aunque esta muy mayor y no se entera de muchas cosas – contesto la directora.

Muchas veces  su mujer había bromeado con él sobre su primer amor adolescente “María” de la que sabían que se había casado y que tenía dos hijos, con la que coincidieron hace muchos años en una cafetería de Madrid y aquel encuentro sirvió para una escena de celos y tres días sin hablarse.

Aquel amor de niños se quedo en la distancia, esa misma distancia del pueblo a la ciudad que antes parecía lejos y hoy un coche resuelve en 30 minutos. 

El Tic Tac de un reloj de ojo de buey,  rompía el silencio de la tarde hasta que sentado en una silla de ruedas que empujaba un auxiliar, el cuerpo de María quedo a pocos centímetros de Jesús, aunque ella estaba en otro lugar…  

Jesús repetía insistente ¿te acuerdas…? ¿te acuerdas….? sin recibir respuesta salvo  el esbozó de una sonrisa lela para alguien  que no acababa de reconocer, pero que a pesar de todo seguía queriéndola.

Ni las caricias sobre su rostro y su pelo, ni aquel beso en la mejilla lograron que articulara palabra. Jesús hablaba y hablaba a solas con ella, mientras el tiempo dibujaba dos monótonas notas en la pared; su hijo con respeto y cierto pudor entendía el momento recordando a la vez a su madre y tantos años de felicidad de sus padres.

Jesús volvió a casa con su hijo; sonriente, distinto… repitiendo en el coche a modo de jaculatoria: -A pesar de todo…. – a pesar de todo …

El tuvo en sus manos ese sentimiento que todos guardamos de nuestro primer amor, de ese alguien que despertó nuestros afectos y que muy pocos tienen la oportunidad de reencontrar. 

Tal vez sea mejor así… para evitar desengaños, porque la realidad se transforma con el paso de los años y el objeto de nuestro amor también. Nada queda de aquel niño; de aquel adolescente que respondía al mismo nombre que hoy nosotros. Nada queda de aquella persona que despertó las ansias de entregarnos… y sin embargo existe dentro de nuestro corazón; bello, intangible… como un faro en la oscuridad de la noche, en el mar en calma de nuestros recuerdos.

Jesús encontró a María demenciada; perdida en la niebla que produce la edad y acarició el rostro anciano de alguien desconocido que ocupaba el lugar de aquella niña que amó y que inmutable seguía dentro de él.

Hay imágenes, objetos, lugares, sonidos, situaciones que abren la puerta de los sentimientos y emociones que vivimos con aquellos que ya no están y que buscamos a través de los ritos: Visitando el lugar donde les conocimos, oyendo una canción, mirando el anillo que nos unió, oliendo esas flores que adornan su tumba.  

Retornó el recuerdo en Jesús y fluyó el sentimiento sin pudor, con una particular ceremonia. Una visita en una sala de estar de la residencia de ancianos, una presencia ajena y “María”; el nombre amado, fue suficiente para hacer renacer lo absoluto, la omnipresente e inmutable esencia del universo, aquello que ocupa y permanece  en nuestro cuerpo cambiante; que estaba  y está en todas las personas que han ido viviendo y hoy viven nuestra identidad, eso que llamamos “Amor”

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Escrito por: Miguel Fernandez del Pozo

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