Opinión
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Antonio Ordóñez, héroe de un libro del Premio Nobel Ernest Hemingway

f266_jnavarro“La rivalidad con mi cuñado Luis Miguel Dominguín surge porque yo toreo mejor que él. Así de simple,” me dijo Antonio en su finca “Valcargado”

En octubre de 1964 quedé con Antonio Ordóñez para escribir una biografía suya de siete capítulos que publiqué en mi periódico El Alcázar. Dijo que me llamaría por teléfono cuando tuviera unos días libres. Y así sucedió.

-El lunes te espero en “Valcargado”. Vamos a herrar unos becerros y voy a estar allí toda la semana.

Conocía a Antonio desde 1959, el célebre verano de la rivalidad con su cuñado Luis Miguel Dominguín. Le hice una entrevista en Málaga, donde los viejos aficionados todavía recordamos el triunfo de él y Luis Miguel en el que cortaron orejas, rabos y patas. Fue un delirio como jamás he visto en una plaza de toros. Antonio Ordóñez Araujo, el mediano de los cinco hijos del torero Cayetano Ordóñez “Niño de la Palma” y de la cantante y actriz de cine Consuelo Araujo Reyes, era, además de honesto y sencillo, el mejor torero. Hombre de pocas palabras, decía que hablaba en el ruedo.

Cuando sobre las diez de la mañana, después de dormir en el pueblo gaditano de Medina Sidonia, llegué con mi “seiscientos” a “Valcargado”, la primera finca que se compró el torero, con sólo 25 años,  Antonio me recibió con un abrazo y me llevó a mi habitación de invitado.

- Gracias por molestarte en venir– me dijo -es señal de que tienes interés en lo que vas a escribir. Si nos quieres acompañar, te esperamos. Vamos a comenzar hoy el herraje de los becerros. ¿Cómo te defiendes montando a caballo?

Antonio Ordóñez Araujo, el mediano de los cinco hijos del torero Cayetano Ordóñez “Niño de la Palma” y de la cantante y actriz de cine Consuelo Araujo Reyes, era, además de honesto y sencillo, el mejor torero.

Le contesté que tirando a mal.

- Entonces vas a llevar el caballo de mi hija Carmen. Tiene más años que Matusalén y es muy pacífico.

Carmen Ordóñez, tenía 9 años y estaba estudiando, creo que en Madrid, junto a su hermana Belén, que tenía 7. Efectivamente, el jamelgo que me trajeron, de capa torda, era un animal tan tranquilo que andaba a cámara lenta. Todos iban con sus trajes camperos, sus zahones, sus gorrillas, menos yo, que todavía no me había quitado el traje y la corbata. Al verme así vestido, encima del caballo, con mi cámara Yashika colgada al cuello, Antonio no pudo contener la risa. “Pareces un inglés que se ha equivocado de sitio” me dijo.

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Salió la comitiva al trote y yo, el último, a paso de tortuga. Volvió grupas el mayoral para darme instrucciones.

- Dice el maestro que usted siga por esta vereda, sin apartarse, y ya nos encontrará. 

Iba subido en el caballo tordo por el campo inmenso pensando en lo que tenemos que hacer los periodistas para ganarnos el sustento, cuando me topé, al traspasar una loma, como a cien metros de distancia, con  una manada de unos treinta toros negros que venían hacia mí, sin ningún vaquero que los custodiara. Me quedé sin sangre en las venas. Dios mío, qué situación. ¿Qué hacer? ¿Dar la vuelta y correr? ¿Y si los toros me persiguen?

En estos pensamientos estaba cuando me fijé en que, a la derecha de la vereda, había una especie de gran puerta abandonada, hecha con postes de madera, como restos de una antigua empalizada. No lo dudé. Tiré de la brida, el dócil caballo torció su marcha y llegamos a la destartalada puerta. Los toros cada vez estaban más cerca. Desmonté muy nervioso, amarré el caballo a uno de los palos y trepé como pude hasta el travesaño más alto, a unos cuatro metros  del suelo. Allí, con los pies apoyados en otro travesaño más bajo, esperé una media hora, aterido de frío, a que los toros pasaran y no se fijaran ni en mí, ni en el caballo. En mi vida he tenido tanto miedo. Pero los animales caminaban sin prisa. Me sentía ridículo y abandonado por la suerte, agarrado al palo como un náufrago. Por fin, los toros llegaron a nuestra altura, muy cerca, a unos quince pasos. Todos negros y con unas cornamentas impresionantes. Algunos se paraban y me miraban fijamente. Temía que se arrancaran y atacaran a la puerta que, por desvencijada, no resistiría el golpe. El caballo también debía tener miedo porque abría muchos los ojos y movía las orejas. “Tranquilo compañero, que no quieren bronca”, le decía al caballo. Tuvimos suerte. Ellos iban a lo suyo. Pasaron a nuestro lado y ninguno se salió de la manada. Luego me dijeron que ese recorrido lo hacían los toros dos veces al día para estar musculosos.

Todavía no había bajado del travesaño de la puerta, cuando aparecieron al galope con sus caballos el mayoral y un joven ayudante. Venían a buscarme.

f272_ordonez2- ¿Pero qué hace ahí subido? –me preguntó el mayoral.

- Pues ya ve…Esperando a que se alejen los toros. Menudo susto me han dado.

- Aquí en el campo no hacen nada. Con su tardanza el maestro estaba preocupado por si se había caído del caballo.

Pasé cuatro días en “Valcargado”. Antonio Ordoñez me contó su vida desde que era un niño y toreaba becerros hasta ese año de 1964 en que había cumplido 32 y llevaba 13 como matador. Me habló de su concepción de un arte como el toreo. Para él era casi un acto religioso. Decía que un toreo sin sentimiento se convertía en mecánica. Y valoraba mucho la belleza plástica del matador en cada uno de sus movimientos. Toreó hasta 1981, año en que se retiró definitivamente. Falleció en 1998, a los 66 años de edad, víctima de un cáncer, la misma enfermedad que se llevó a su esposa y a su hija Belén.

- Saber andar delante del toro es muy importante. Y la compostura. Y mover los brazos con precisión. El toreo no es una lucha contra una fiera, es algo más profundo.

Antonio y sus hermanos, por ser hijos del Niño de la Palma, un diestro con aureola, estaban predestinados a ser toreros. Pero sólo él alcanzó la cumbre para competir con el número uno de la época, Luis Miguel Dominguín, que además era su cuñado. Antonio se había casado con Carmen Dominguín, hermana de Luis Miguel, en el año 1953. Lo cierto es que la rivalidad de los dos saltó a las páginas de los periódicos.

- La rivalidad con mi cuñado surge porque yo toreo mejor que él. Así de simple. El es muy dominador, muy variado, pero le falta el sentimiento que yo tengo. El sentimiento y la plástica.

A tanto llegó el enfrentamiento, que se hablaba de desafío. Y ambos querían que se resolviera en la arena, ellos solos. En aquel verano de 1959, se organizaron cinco corridas mano a mano para los dos. Pero el duelo lo pagaron con sangre. Antonio sufrió cuatro cogidas graves y Luis Miguel, tres.

Ernest Hemingway era el escritor más importante de Estados Unidos y del mundo en su época. Enterado de la pelea de los dos gallos, en abril de 1959 tomó un avión y se presentó en España para seguir el desafío de la temporada. Según su opinión, Ordóñez venció en el combate, aunque él y Luis Miguel estuvieron dispuestos a morir en la plaza. El magistral relato de “El verano sangriento” se publicó primero en la revista Life y después, en un libro de gran éxito.

Dos años después, el 2 de julio de 1961, Hemingway, atrapado su cerebro en las redes del alcohol, se pegó un tiro en la boca con su rifle preferido. Había anunciado varias veces que el día que no pudiera escribir como él quería, se mataría. Y cumplió su palabra.

Antonio Ordóñez lloró amargamente la muerte del amigo que lo había convertido en un mito del toreo en todo el mundo.

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Escrito por: Julian Navarro

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