Cultura
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Camino de Santiago: “El pórtico de la Gloria”

Por Mario Torres

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El Pórtico de la Gloria podría ser denominado como el “Álter ego” del Arte. Su perfeccionista belleza y su misterio han embelesado a peregrinos de todos los tiempos, habiendo sido el mejor escaparate para todo tipo de estudios (artísticos, históricos, musicales y sobre todo teológicos). Acercarse a esta original creación llena de enigmas para el hombre moderno, tratando de dilucidar su significado, sin duda que es todo un reto, pues; ¿Qué querían transmitir sus autores? ¿A quiénes iba dirigida? ¿De qué nos habla hoy? ¿Y ayer?

Desde hace más de once siglos el camino más importante, emblemático y enigmático de Europa es sin duda el Camino de Santiago. Un fenómeno que tuvo, tiene, y por lo que se vislumbra, tendrá la capacidad de mover a millones de peregrinos de toda la orbe planetaria, que  abandonan su país y la comodidad de sus casas, para emprender una aventura por los campos y los montes, a través de sus sirgas, trochas y veredas de Europa, en busca de un sentido amplio para su vida, mucho más allá del sentido religioso, cuando menos totalmente espiritual. Y que cuando éstos llegan a esa meta, se encuentran deslumbrados por la belleza de una de las mayores obras del arte universal: el Pórtico de la Gloria.  

El Maestro Mateo fue el principal artífice del Pórtico, pues por ende fue el director, arquitecto y escultor de él. Su obra comprende toda la fachada occidental de la Catedral. En primer lugar realizó la reforma de la cripta inferior (un espacio cerrado y sin ventanas). Una vez terminada pudo prolongar sobre su techo el suelo de la Catedral y levantar el Pórtico. Encima del Pórtico edificó la tribuna, dotada de grandes ventanales que la inundan de luz o por donde la luz no cesa de entrar. Con esta superposición de planos puede hablarse de un conjunto iconográfico de tres niveles: 

1:  Un mundo inferior sin luz (la cripta) 

2:  El mundo del hombre (el Pórtico) 

3:  El lugar donde habita el Misterio de Dios (la tribuna).

Sin duda, de todas las figuras que componen el Pórtico, la que siempre más me ha fascinado, la que siempre atrae toda mi atención, a la que he pedido condescendencia en trasladarme su virtud, es la del Profeta Daniel, su sonrisa me tiene cautivado, de él se decía que era “el abogado de los jóvenes”, su sentido de la justicia siempre acaparó toda mi atención, de su sonrisa se han extraído todo tipo de cábalas. De ella, Manuel Rivas escribió; “En el Pórtico hay otro profeta que no habla. Quieras o no, la mirada lo elige. Te lleva a Daniel. Esta sonriendo. Una sonrisa contagiosa. Nunca antes la piedra había sonreído así. Una de las mejores sonrisas de la historia del Arte.

Una de esas cábalas a las que aludía respecto a la sonrisa de Daniel, se trata del motivo de su abierta sonrisa, que le dedica a la reina Esther, aunque quizá fuera la reina de Saba, mostrando sus mejillas completamente ruborizadas

Además existe una hermosa leyenda en torno a esta sonrisa de Daniel, que asocia El  famoso Queso de Tetilla gallego y la sonrisa de Daniel: Cuenta la leyenda que la curiosa forma del queso tetilla gallego le viene de una revuelta popular contra la decisión del Cabildo catedralicio de mutilar las exageradas formas de la imagen de la Esther, del Pórtico de la Gloria.

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Durante su construcción, los maestros canteros habrían burlado la vigilancia eclesiástica para dar a la representación de Esther (para otros la Reina de Saba) un cuerpo notablemente exuberante; y a la figura de Daniel, ante ella observándola, una sonrisa de picardía.

La sonrisa de Daniel llamaba más la atención que los pechos de Esther. Pero el Cabildo dispuso que fuese ella quien sufriese la mutilación; y no él quien cambiase la expresión.

Ante la decisión de hacer desaparecer uno de los mayores atractivos del monumento para aquella época, según el saber popular, los labriegos gallegos, enfadados, se vengaron dando forma de pecho de mujer a un queso ya por entonces muy famoso, que desde aquel momento pasó a llamarse popularmente Queixo de Tetilla.

De ahí, entre otras razones, que en este artículo no vienen a cuento, se puede explicar mi sempiterno mosqueo contra el Cabildo de la Catedral, esos burócratas de mercadillo.

En el Pórtico de la Gloria que hoy conocemos se representa el mundo del hombre: la historia de la humanidad salvada por la victoria de Aquél que ha vencido a la muerte. Cristo está sentado en un trono y rodeado por su corte como figura central del tímpano. Es un judío de la estirpe de David, nacido de María de Nazaret y es, al mismo tiempo, hijo de Dios Altísimo. Por tanto, es el Señor del tiempo (Cronocrator), es Rey de Reyes, al cual todos los príncipes de la tierra le presentarán su acatamiento. En  la  composición  del  tímpano  Cristo  está  en  actitud de  acogida,  esperando  al  pueblo  que  se  acerca  a  su  corte. Las peticiones de los peregrinos están siendo registradas con la ayuda de cuatro cronistas (los evangelistas). 

Decimos todos los hombres, tengan fe o no, porque en todos late un deseo de felicidad que nos mueve a ponernos en camino. La Belleza de Cristo, que se ha hecho compañía cercana al hombre desde hace más de 2.000 años, ha sugerido al Maestro Mateo esta obra cumbre y continúa alentando la creatividad del hombre occidental. Europa es uno de sus frutos. El reto es redescubrir nuestras raíces para volver a encontrarnos a nosotros mismos. 

La encíclica “Spe Salvi” de Benedicto XVI ilumina el sentido del Pórtico de la Gloria, a pesar de los más de 800 años que la separan de él: “Todos tenemos necesidad de esperanzas –pequeñas o grandes–  que, día a día, nos mantengan en camino. Pero sin una esperanza grande, que debe superar todo lo demás, esas esperanzas no bastan. Esta grande esperanza sólo puede ser Dios, es Él el fundamento de la esperanza – no un Dios cualquiera, sino el Dios que posee un rostro humano y que nos ha amado hasta dar su vida por nosotros”

Hace ya más de  doce años  que como peregrino dejé atrás Francia y crucé los Pirineos por el paso de Roncesvalles. Llegué a mi destino final, el Campus Stelae y me dispuse a entrar en la catedral consagrada a Santiago. Supe, eso sí, que unos años antes (en 1188) un maestro escultor llamado Mateo, junto a varios miembros de su taller, habían rematado su obra maestra en el templo: un pórtico que es conocido como “de la Gloria”, por las escenas en él representadas. Así que alcancé el nártex y me detuve a contemplar las imágenes de las que los peregrinos que regresaban a sus hogares me habían hablado a la luz de la lumbre.

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Tímpano de la portada central.

Fijé pues mi mirada en la portada central, de las tres en que el pórtico se divide. Y antes que nada mis ojos se van al centro del tímpano. Allí está sentado en un trono el mismo Cristo, que vendrá a juzgar a todos los hombres en el fin de los días, como dice el libro del Apocalipsis, en el que parece que el maestro Mateo o quien lo dirigió se ha inspirado.

La genialidad del Maestro Mateo va más allá de las interpretaciones que hasta ahora han descrito el Pórtico. El Apocalipsis no es la única fuente de interpretación del Pórtico y, la escena central del tímpano no representa el momento del Juicio Final. Cristo Rey no está en posición de juzgar, está esperando al peregrino Es Él que, sentado en su trono de Gloria, aguarda al hombre que a través del Apóstol Santiago se le acerca. Cristo, con una mirada serena, amable y llena de paz, nos espera al final del camino y con su acogida nos llena el corazón de esperanza. Por eso nos hallamos verdaderamente ante un Pórtico de esperanza para todos los hombres. 

 Pero este Pantocrátor, que muestra sus llagas en manos y pies, no está sólo. Le rodean los cuatro evangelistas, que aparecen representados en el momento de escribir sus propias obras, apoyados cada uno en su símbolo: pueden ver a Lucas con el toro, a Marcos con el león y a Juan con el águila; sólo Mateos no aparece con su signo habitual: no sería apropiado que se apoye sobre un ángel para escribir el Evangelio, usándolo a modo de mesa, así que emplea un cofre, que alude a su antiguo oficio de cobrador de impuestos.

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Parteluz de la portada central del Apóstol Santiago.

Un peregrino llama mi atención sobre la presencia de ocho ángeles que portan atributos de la pasión: ¡mira  me dice, el INRI de la cruz!  Y luego su mirada se desvía hacia otros dos pequeños ángeles que inciensan a Jesús. Tras ellos, cerrando el plano aparece otro nutrido coro de personajes. Pero enseguida dirijo la vista en dirección ascendente y observo como el tímpano del arco se cierra con un coro de ancianos, todos sentados. Me entretengo  en contarlos (suman 24) y escucho comentar  que, además de portar instrumentos musicales que no logran identificar, y si lo hacen es con mucha dificultad, parecen que charlan entre sí, que se mueven, que giran sobre sus asientos, en un alarde de naturalidad hecho en piedra.

Coro de músicos ancianos.

Y bajo esta Gloria de Cristo juez, en el parteluz de la portada, ven los peregrinos al mismo Santiago, que parece recibirlos y que, como ellos, porta un cayado, tal cual si el propio apóstol hubiese hecho también el Camino. Misit me dominus (me envió el Señor), logro leer.

Me detengo un momento a orar y luego me fijo en las columnas-estatuas de los laterales de la portada: a su izquierda observan figuras del Antiguo Testamento (distingo así a Moisés o al profeta Isaías) y a su derecha personajes del Nuevo, de manera que por sus símbolos identifican sin dificultad a San Pedro, San Pablo, Santiago y San Juan. En ese momento, un sacerdote sale del templo y le solicito aclaración de algunas de las escenas que no alcanzo a comprender del todo. El preste les comenta que todo el pórtico simboliza cómo el Cielo y la Gloria de Jesús se asientan (tal como están viendo) sobre el mensaje que transmite la Biblia cristiana.

Figuras del Antiguo (izquierda) y Nuevo Testamento (derecha).

La impaciencia comienza a apropiarse de mí, y me urge pasar al interior del templo, de manera que veo a paso rápido las portadas laterales y, de nuevo por la central, penetro al interior. Una última cosa, llama mi atención: en la parte inferior del parteluz aparece una figura humana arrodillada. Escucho a un peregrino recordar que, otro peregrino que venía de regreso, le comentó que en esa actitud se había retratado el propio maestro escultor. Y tras pasar la mano por su cabeza, y darme sendos “cabezazos”, que se cuenta la leyenda de realizar, sigo avanzando, ya tengo ante mis ojos, casi cien metros más adelante, el presbiterio, donde se encuentra el apóstol Santiago, aquel que según cuentan conoció a Jesús y vivió con él, que difundió su doctrina y que, después de ser martirizado y ejecutado, vino a ser enterrado aquí, al extremo occidente de Europa. Hacia ese apóstol voy ahora concluyendo mi Camino.

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Escrito por: Mario Torres

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