Opinión
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Don Paco

 

JULIAN CALVO Con su boina calada, gafas redondas, barba blanca y corta bajo un bigote que acentuaba su gesto severo, siempre bien abrigado con bufanda ceñida al pecho, Don Paco poseía ese porte adusto barojiano que tan bien camuflaba su afabilidad de excelente maestro de final de primaria en el “Colegio nacional Claudio Moyano”.

Pesaba sobre él la responsabilidad de guiar a sus alumnos que estaban a punto de abandonar la niñez y enfrentarse a la turbulenta adolescencia hasta llegar a adultos de provecho y almas de bien como imponía su ejemplo, que es de lo que un niño aprende, que no de la palabrería.

No obstante elocuencia no le faltaba, porque la mitad del tiempo entre risueño y sereno, daba lustre a la pedagogía contando anécdotas y experiencias de su dilatada vida, casos o cosas amenas y curiosas relacionadas con cada tema tratado de Lengua española, Aritmética, Geometría, Historia de España, Ciencias de la Naturaleza, e Historia Sagrada que sólo se daba los sábados por la mañana, que era lectivo. La formación Social, familiar y de buenos hábitos, junto al significado de los días señalados del calendario, se trataban ocasionalmente Y todo ello bien estructurado en un sólo libro o enciclopedia de 950 gramos y 636 páginas. Y todo lo impartía él en la misma aula. Además nos enseñó a rezar, a cantar, manualidades y todas las reglas ortográficas que nos hacía escribir en la pizarra.

Éramos en clase 36 chicos de muy diverso origen, capacidades y carácter, pero compartiendo el entusiasmo común de cada día, número que daba para cuatro equipillos de fútbol: “Tigres”, “Leones”, “Simpáticos” y “Castizos”. Bien equilibrados ellos de buenos y malos jugadores (y estudiantes). El caso era participar y pasar un buen rato mientras se estimulaba la cooperación en equipo, la autosuperación, el esfuerzo personal y la motivación dentro y fuera de clase… porque Don Paco nos convirtió en competidores también en el aula con un sorprendente sistema que formaba y divertía a todos. El curso se iniciaba sentándonos por orden alfabético de apellido, siendo los primeros puestos los bancos más cercanos al maestro (… y a los radiadores y ventanales) hasta los últimos que se situaban cerca de la puerta de salida, pero… como el apellido no debe de ser lo más importante para demostrar el talento, este orden no volvería a ser el mismo tras el primer “desafío”.

El “desafío”, consistía en que un alumno eligiese e hiciese una pregunta a un compañero de otro equipo, sobre la lección dada en esa hora Si Don Paco no la daba por bien respondida, quien retó avanzaba hasta el puesto del desafiado, si la juzgada correcta, cada cual quedaba en su sitio hasta mejor oportunidad de subir de categoría. Lógicamente los primeros puestos, los ocupaban los más trabajadores e inteligentes, y cuanto más cerca del primer banco se desafiaba menos probabilidad se tenía de vencer y escalar puestos.. Como la vida misma.

Tras su mesa, sentado con sus manos de viejo pelotari, cruzadas sobre su regazo, Don Paco aguardaba positivo cada uno de aquellos desafíos y respuestas que vivía con vocacional entusiasmo. No podías descuidarte, porque a veces, era este quien hacía las preguntas a alguien, que si no contestaba bien, preguntaba al resto de la clase al reto de ¿“Quién lo sabe?”, unos cuantos dedos se izaban, tras lo que iba dando oportunidades de respuesta empezando por los últimos puestos. Quien respondía bien, avanzaba hasta el puesto del primer preguntado.

Cada día, le tocaba preguntar a uno de los cuatro equipos, y cada viernes iban rotando estos. Esa tarde también había encuentro de fútbol en el patio, arbitrado por el conserje o por el mismo Don Paco, que no veía o no quería ver la mitad de las faltas. También los viernes, antes de salir, aun daban para que los miembros del equipo de turno de esa semana, subieran uno a uno a una silla para contar chistes o anécdotas graciosas al resto de la clase.

La escasez de medios de la época obligaba a ser creativos, solidarios, comedidos y agradecidos. La referencia era el esfuerzo, la verdad y el deseo de bien común. El nivel de la clase lo marcaban los alumnos más brillantes y no podías elegir ni el sexo ni el credo, pero tampoco el psicólogo, sencillamente porque no había, ni falta que hacía. Éramos felices, que es el mejor estado para un buen desarrollo, y Don Paco contribuyó al mío, motivo por el que medio siglo después, siga alegrándome la memoria.

 

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Escrito por: Julian Calvo

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