Opinión
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El “Perro Paco”

delpozoUn legendario personaje de Madrid, padrino de los perros urbanos

He visto un perro suelto que se acercaba a las mesas de la terraza donde meditaba sobre un café sustituto de una siesta.

Por un momento me ha parecido un vagabundo hasta que ha aparecido su dueña, con la correa en la mano regañándole por haberse escapado. 

Se me olvidaba que ya no hay perros callejeros, como antes aquellos que si eran buenos se les dejaba estar y si eran agresivos se les daba morcilla envenenada…    (De aquí proviene el dicho; ¡Que le den Morcilla..!).

Hoy un perro suelto es recogido inmediatamente por el Ayuntamiento.

Ya no es posible que exista un “Perro Paco” que cautive el corazón de los vecinos como aquel ilustre can de color negro que ocupó un lugar en la historia madrileña siendo objeto de numerosas crónicas periodísticas allá por el último cuarto del siglo XIX.

Dormía en las cocheras del tranvía de la calle de Fuencarral y nunca accedió a ser adoptado. El animal en cautividad dejaba de comer y beber hasta que exhausto, era puesto en libertad. 

Un 4 de octubre, festividad de San Francisco de Asís, este perro que frecuentaba los cafés madrileños de la Puerta del Sol y de la Calle de Alcalá, se metió en el Café Fornos, siguiendo al Marqués de Bogaraya  que celebraba su onomástica y que de guasa lo invitó a cenar como si de un comensal más se tratara. Las gracias del perro hicieron que a todos los comensales les cayera en gracia y fue bautizado con unas gotas de champan otorgándole el nombre de Paco  en honor al santo del día. 

El Marqués acudía diariamente a comer al Fornos, uno de los cafés más lujosos de la época que estaba situado en la calle Alcalá esquina con la calle Peligros (hoy hay un Starburst…) y el perro Paco seguía a su benefactor acudiendo también al café a la hora de la cena aunque éste no estuviera y cuando no conseguía nada allí, cruzaba la calle de Alcalá para ir al Café Suizo. Esta actitud atrajo la simpatía de los habituales a los cafés de tertulia de la época, y pronto trascendió a la prensa madrileña.

“La Ilustración Española y Americana” o “El Imparcial” recreaban la vida de aquel  perro, paseando, asistiendo a un evento, y aprovechaban para destacar un gesto o acción notable.

Así nació el dicho castizo de: “saber más que el perro Paco” que solía decir mi padre cien años después.

A medida que pasó el tiempo, Paco se convirtió en la mascota de Madrid y debido a su popularidad se le permitía el acceso en muchos locales, incluso en aquellos en los que la entrada estaba prohibida para perros. No había portero o personal de vigilancia que le negara la entrada por miedo a “la mala prensa”

Lo que más le gustaba a Paco eran los toros. Siendo un compañero de los carruajes de paseo de los toreros famosos de la época. En aquel entonces, la plaza de toros estaba donde hoy se levanta el Palacio de los Deportes, cerca de la Puerta de Alcalá y los toreros solían ir andando desde su alojamiento hasta la plaza. 

Paco tenía dos toreros favoritos, Frascuelo y Lagartijo. Les esperaba en la calle, enfrente de sus casas y les acompañaba en su paseo. Solía ocupar su localidad en el tendido 9 y asistía al espectáculo. Al terminar las faenas, muerto el toro, saltaba a la arena a hacer unas cabriolas, para regresar a su localidad con los clarines que anunciaban el siguiente toro. 

Un día de 1882, Paco se encontraba entre el público asistiendo a una corrida; uno de los toreros estaba recibiendo una soberana pitada del público y Paco no pudo reprimir su enfado. Se lanzó al ruedo y comenzó a ladrar al torero, haciéndole tropezar. Éste, nervioso porque la faena no salía y le estaban poniendo a caldo, reaccionó clavándole el estoque al perro Paco. El público se volvió loco y el torero, tuvo que ser sacado de la plaza por las fuerzas del orden ante el peligro de ser linchado allí mismo. 

El pobre perro fue llevado al veterinario. El pueblo de Madrid vivió una profunda crisis, las gentes lloraban por la calle, los periódicos informaban constantemente de la salud de Paco, que empeoraba por momentos. Finalmente el perro murió. 

Nadie quiso olvidar al perro Paco. Su cadáver fue llevado al famoso disecador Ángel Severini. La conmoción que sufrió la ciudad de Madrid por la triste pérdida del perro Paco hizo que todos se agolparan ante el escaparate de la tienda de Severini, para despedirse del animal. Posteriormente fue expuesto en una taberna de la calle de Alcalá y más tarde enterrado en El Retiro.

Pero su extravagante historia no acaba aquí, en 1920 alguien propuso levantarle un monumento y a los pocos días se consiguieron recaudar 2.900 pts., una importante cantidad de dinero para la época, pero sin embargo  “tan pillo como el propio perro Paco” el promotor de la idea escapo con el dinero y nunca se supo de él.

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Escrito por: CO

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