Opinión
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El rey Juan Carlos necesita un palacio para la longevidad tranquila

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Exilio, muerte trágica de su hermano Alfonso, peleas con su padre, intento de golpe de Estado, rumoreados amores prohibidos, escándalos familiares… su vida ha sido un cúmulo de problemas

En el siglo XVIII, el emperador chino Quianlong, después de reinar 60 años decidió abdicar y para aislarse de los problemas de la Corte mandó que le construyeran en la Ciudad Prohibida de Pekín una residencia privada que él llamó Palacio para la Longevidad Tranquila. Abandonó el trono y se instaló en su nuevo palacio con sus libros, sus bonsáis y media docena de concubinas, para no aburrirse. En su testamento escribió que los años que pasó allí, hasta que su espíritu voló hacia el Jardín Eterno, fueron los más felices de su vida.

El Rey Juan Carlos no pensó durante su reinado en que le llegaría la hora de abandonar los asuntos de Estado y necesitaría una residencia para que transcurriera su vejez lo más sosegadamente posible. Quizás no lo pensó porque tampoco pensó en abdicar mientras viviera y cumplir el rito monárquico de ¡ha muerto el rey, viva el rey! Pero a veces, el hombre propone y una Corina cualquiera lo descompone. El escándalo internacional de la cacería de elefantes y otras piezas menores en Botsuana, más las desventuras familiares acaecidas en los últimos tiempos, precipitaron los acontecimientos para que el veterano Rey tirara la toalla. Atrás quedaron casi 40 años de reinado que hemos seguido día a día los que vivimos a caballo entre la Dictadura y la Democracia.

La primera vez que vi personalmente a don Juan Carlos de Borbón fue en Zaragoza, el 12 de diciembre de 1959, en la Academia General Militar, donde cubrí la información de la entrega de despachos de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire. La segunda vez fue en el palacio de la Zarzuela, hacia el 20 de enero de 1964. Un mes antes había nacido la infanta Elena y José Luis Cebrián, director de mi periódico, El Alcázar, le solicitó una entrevista. El Príncipe contestó afirmativamente y el propio director, el fotógrafo Ginés Porras y un servidor, fuimos al palacio de La Zarzuela. Tan amables como siempre contestaron a nuestras preguntas y sucedió una anécdota que revela la sencillez de don Juan Carlos y doña Sofía. Subimos al primer piso para ver a la Infantita que dormía tranquilamente en su cuna. Porras, como buen periodista, después de fotografiarla sin flash para no despertarla, le preguntó a don Juan Carlos si podía hacer alguna foto a la recién nacida con los papás. Doña Sofía respondió que sí.

- Precisamente ahora la voy a bañar. En diez minutos les aviso.

Al rato, doña Sofía nos llamó. Esperábamos que la infanta Elena estuviera vestida junto a su madre, pero la sorpresa fue mayúscula. Doña Sofía la llevaba en brazos, completamente desnuda, envuelta en una toalla blanca. Se dirigió al cuarto de baño y nosotros detrás, encabezados por don Juan Carlos. Con toda naturalidad, sujetando a su hija con la mano izquierda en la nuca, la Princesa la bañó muy diestramente en un gran lavabo, recordándonos que trabajó en una maternidad en sus tiempos de enfermera y había bañado a cientos de bebés. Las fotos de Ginés Porras, mi querido compañero de fatigas, se publicaron en todo el mundo en diarios norteamericanos, británicos, italianos, franceses y en las mejores revistas.

La vida de don Juan Carlos de Borbón

es como una película de intriga, misterio y sobresaltos

por tantos hechos relevantes de los que ha sido protagonista.

 

La vida de don Juan Carlos de Borbón es como una película de intriga, misterio y sobresaltos por tantos hechos relevantes de los que ha sido protagonista. Nació en el exilio, en Roma, en 1938, mientras España ardía en una sangrienta guerra civil y cuando tenía tres años recién cumplidos, su abuelo, Alfonso XIII, gravemente enfermo, cedió los derechos dinásticos a su hijo don Juan, quien se convirtió automáticamente en aspirante al trono de España si se instauraba la Monarquía. Pero las Leyes Fundamentales creadas por el general Franco, convertido en Jefe del Estado tras la Guerra Civil, instituían a nuestro país como un reino, aunque sin rey por el momento. Y así pasaron 40 años. Don Juan se cansó de esperar su reinado y falleció sin haberlo conseguido, ya que, desde el primer día en que volvió la paz a España, Franco tenía pensado en transmitirle el poder al Príncipe y que la Corona pasara del abuelo Alfonso XIII al nieto Juan Carlos, saltándose al padre, don Juan de Borbón, Conde de Barcelona. 

Por sugerencia del propio Franco, el príncipe Juan Carlos, a los diez años, comenzó sus estudios en España junto a su hermano pequeño, el malogrado infante Alfonso, quien murió en Estoril (Portugal) en 1956, de un tiro en la cabeza cuando los dos jugaban en Villa Giralda con una pistola cargada. Nunca se ha sabido la verdad de cómo ocurrió este trágico suceso. Lo cierto es que rompió a la familia. La madre, doña Mercedes, tuvo que ingresar en una clínica psiquiátrica alemana y jamás se recuperó del trauma. La relación de don Juan con su hijo Juan Carlos se resintió hasta el punto de esquivarse el uno al otro. Juan Carlos, por su parte, protagonista involuntario del trágico suceso, sufrió una pena íntima para toda su vida.

Don Juan Carlos en una foto reciente.

Don Juan Carlos en una foto reciente.

Después de la desgracia de Alfonsito surgieron graves desavenencias en la familia cuando en 1969 Franco nombró a Juan Carlos sucesor suyo a título de rey. Don Juan le prohibió a su hijo aceptar esa maniobra que rompía la continuidad dinástica, puesto que él era heredero de la Corona tras la muerte de Alfonso XIII. Cuando el periodista Emilio Romero le preguntó al Príncipe si pensaba dar su conformidad a los deseos de Franco, respondió “haré lo que más convenga a España”. Don Juan se sintió traicionado por su hijo y dejó de hablarle. Y así llegamos a 1975 en que don Juan Carlos se convirtió en Rey mientras su padre, don Juan de Borbón, seguía siendo aspirante al trono y consideraba  a su hijo un impostor. Esta violenta situación duró hasta 1977 en que don Juan transmitió los derechos dinásticos al rey don Juan Carlos I y aceptó a regañadientes “por España, todo por España”, como dijo, la solución del general Franco.

La reina doña Sofía saluda a nuestro colaborador Julián Navarro durante una recepción.

La reina doña Sofía saluda a nuestro colaborador Julián Navarro durante una recepción.

También hubo discrepancias sobre la posición del Rey en el intento del golpe de Estado de los militares de 1981. Aunque algunas voces decían que la Corona estaba de acuerdo en dar un “golpe de timón”, los más calificaron el hecho como una felonía de los generales. Lo que no ofreció dudas fue la actuación de don Juan Carlos que cortó la rebelión antes de que se convirtiera en un levantamiento nacional. En aquella memorable jornada de los transistores hubo dos personas que estuvieron en todo momento codo a codo con el Rey: la reina Sofía y el general Sabino Fernández Campo, jefe de la Casa Real. Ambos lo apoyaron y le facilitaron la difícil papeleta de frenar a los generales y que la intentona golpista no pasara de un susto monumental. A propósito de la reina Sofía (cuya filiación completa es Sofía Margarita Victoria Federica Schleswig Holstein Sonderburg Glucksburg) hay que decir que su trabajo de reina consorte lo ha realizado con calificación de sobresaliente. Ha soportado con una sonrisa los momentos más duros de su reinado, como han sido la separación de la infanta Elena, el escándalo de corrupción de su yerno Iñaki Urdangarín con la implicación de la infanta Cristina y las correrías de su marido, muy aficionado a las faldas como todos los Borbones. Esta debilidad del Rey emérito (emérito es la persona que después de retirarse del cargo que ostenta disfruta de algún privilegio en atención al mérito de sus buenos servicios) ha provocado que tanto él como la reina Sofía vayan cada uno por su lado desde hace bastantes años, salvo en las ocasiones en que deben aparecer juntos representando a la Corona.

Con su abdicación, el 19 de junio de 2014, terminaron para don Juan Carlos 39 años de atadura a la Corona y a la Jefatura del Estado. Achacoso, triste, solo, está como  pájaro sin nido. ¡Qué bien le vendría un palacio para la Longevidad Tranquila, como el del emperador chino Quianlong!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Escrito por: Julian Navarro

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