Opinión
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El zahorí

 

Miguel Sainz

Miguel Sainz

Las viejas lenguas del lugar cuentan que sobre el cerro del Castillo se escondía el agua sagrada que tantos bienes traía al lugar por sus avenidas subterráneas. Era el agua viciosa de la Villa que aún en el pasado no había nacido cristiana y si musulmana.

El zahorí se afanaba en buscar tan rico manantial guiado por esa i griega invertida y, mientras caminaba por el cerro, el palo, casi santo, casi adivino, temblaba aquí y allá, apuntando de forma temblorosa el origen de las aguas nítidas y cristalinas que desde sus manantiales llegaban a aflorar más tarde, arroyo abajo, desde el álveo donde nacía.

El zahorí era turco de origen y en sus largos descansos, libre de buscar aguas, desgranaba la camándula contando, dicen, las 99 cuentas e invocando uno a uno los noventa y nueve nombres del Dios, ora musulmán, ora cristiano, en ese tránsito que en la antigüedad mezclaba los dioses, las creencias y a los humanos con las infinitas letanías que acercaban, por el silabeo de los labios, al pensamiento de creer que Dios habitaba entre ellos, entre los pobladores antiguos de la incipiente Villa.

Fue años más tarde cuando se mandó construir sobre la canalización del río subterráneo, primero el pozo y, por último, la fuente que aún perdura a la sombra del inmenso Castillo. Ventura Rodríguez puso su piedra de granito abujardado. Se le atribuye la autoría de la Fuente de los Tres Caños cuyos chorros de agua tan clara amorosas propiedades tenía. A decir verdad de ese dicho que decía, que quien bebiera del caño situado en el centro tendría la suerte de encontrar a la paciente consorte que esperaba un doncel sediento y que para alcanzar el agua a su boca debía introducirse en el pilón entre las risas de quienes le veían. Un reto, un amor, una vida.

La fuente queda ahí varada en el tiempo y ¿atrás?. Atrás quedaba el pozo y más allá, en el tiempo, el fluir de la mina que el zahorí ya había descubierto. Cuentan las cuentas, que como en el cuento de Juan de Hierro, que quien tocara el agua, vería convertirse en oro todo lo que en contacto quedara, ya fuera un dedo, la mano o un cabello y que, para más mito del lugar, las personas arrojaban manzanas para recogerlas con doradas redes, convertidas en frutas de oro. Es el oro líquido de las aguas de la Villa, las que antaño brotaban de las entrañas del cerro. A veces la memoria rescata una historia inventada que nadie puede negar si la imaginación supera la real necesidad de saber la verdad. Así dicen las viejas lenguas del lugar…

 

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Escrito por: Miguel Sainz

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