Opinión
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Los horrores de las guerras del Congo

RECUERDOS DE UN VIEJO PERIODISTA

Los feroces “simbas” (niños guerrilleros drogados) asesinaban a los blancos sin piedad

f265_j _navarroDesde que el Congo belga alcanzó la independencia, las guerras en este inmenso territorio, han sido continuas, lo mismo que en otros países centroafricanos. La causa es que son naciones muy ricas, con minas de oro, diamantes y cobre, y las multinacionales obtienen concesiones para explotarlas después de sobornar a los gobernantes. Mientras, decenas de millones de indígenas perecen a causa de terribles hambrunas causadas por las sequías, puesto que la única fuente de alimentación de estas gentes es la ganadería y una escasa agricultura.

El antiguo Congo belga, actualmente llamado Zaire, cinco veces más extenso que España, fue durante años propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, considerado el mayor genocida de la Historia, quien estableció la esclavitud, el corte de manos y jornadas de trabajo de veinte horas para extraer las riquezas de minerales y caucho. Se estima que en los 75 años que duró el dominio belga murieron más de diez millones de indígenas víctimas de los trabajos forzados.

Nuestro colaborador fue enviado especial a la guerra del Congo de 1964.

Nuestro colaborador fue enviado especial a la guerra del Congo de 1964.

En esta situación se llegó a la independencia y en las primeras elecciones de 1960 fue elegido presidente del país Joseph Kasavubu y primer ministro el revolucionario Patrice Lumumba. Pero muy pronto el coronel Mobutu dio un golpe de Estado, Lumumba fue ajusticiado y su madre, ahorcada. Como la violencia engendra violencia, Pierre Mulele, seguidor de Lumumba, adiestrado por el Che Guevara que dirigió personalmente la revolución, se lanzó a la selva y organizó un ejército de más de doscientos mil guerrilleros para hacerse con el Gobierno. Buena parte de estos guerrilleros, conocidos como “muleles”, eran los feroces “simbas”, que en lengua swahili significa “leones”, chicos de entre catorce y dieciocho años a quienes emborrachaban y drogaban para hacerlos invencibles e inmunes a las balas. Los “simbas”, armados con machetes y metralletas, atacaban sin piedad a toda persona de raza blanca que encontraran en su camino. Y en los primeros días de noviembre de 1964 una noticia escalofriante llegó a nuestros periódicos: los “simbas” torturaron y asesinaron a cuatro Misioneras Dominicas españolas en la parroquia congolesa de Kamina y secuestraron a dos Hermanas de la Caridad. En una semana, los guerrilleros de Pierre Mulele mataron a más de ciento cincuenta misioneros, hombres y mujeres.

En 24 horas, un grupo de periodistas españoles, entre ellos Miguel de la Quadra, Vicente Talón, Luis María Anson, José Luis Castillo Puche y un servidor, nos vacunamos de todo y salimos en avión hacia Leopoldville, la capital del país congoleño.  Pasamos de una temperatura de ocho grados en Madrid a más de cincuenta en país centroafricano.

“…chicos de entre catorce

y dieciocho años a quienes

emborrachaban y drogaban

para hacerlos invencibles

e inmunes a las balas.

Los “simbas”, armados con

machetes y metralletas,

atacaban sin piedad

a toda persona de raza blanca…”

Desde Madrid me puse en contacto con  Chucho Gurriarán, hermano de mi buen amigo y compañero José Antonio. Chucho trabajaba en el Congo como coordinador de maestros de la ONU. Me reservó una habitación en el Hotel Memling. Cuando aterrizó el avión me esperaba en el aeropuerto con su coche. Camino de Leopoldville me preguntó:

-¿Traes pistola?

-Pues no. No he cogido una pistola en mi vida.

-Es que aquí un hombre sin armas se la juega a cada momento. Y más en los grandes hoteles donde hay personal de servicio que son “muleles” infiltrados. Roban y matan a los extranjeros cuando están durmiendo. Yo te dejaré una pistola.

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El revolucionario Pierre Mulele, descuartizado vivo, sirvió de comida a los cocodrilos.

Chucho me trasladó al hotel y media hora después estaba de vuelta. Se abrió la camisa de colorines y me mostró una pistola, enfundada, abrochada al cinturón, creo que de la marca Beretta. Me explicó brevemente el funcionamiento, sacó una caja de cartuchos y me recalcó que el arma se amartillaba (era la primera vez que oía esta palabra) sola y que era muy fácil de usar.

-Algunas pistolas hay que amartillarlas a cada tiro. Con esta puedes disparar ocho veces seguidas con sólo apretar el gatillo. La colocas por la noche debajo de la almohada con el seguro quitado. Si ves de madrugada en tu habitación una sombra o una persona dispara sin contemplaciones.

Como tenía que trabajar, Chucho me dejó en el hotel con mi pistola colgada del cinto y tapada por la camisa suelta fuera del pantalón. La verdad es que me metió el miedo en el cuerpo. Fui a la oficina gubernamental de información y allí tuve la suerte de conocer a dos personas que me ayudaron mucho: el ginecólogo español Joaquín Sanz Gadea, que había salvado la vida de milagro tras un ataque de jóvenes “simbas”, y el señor Varela, alto cargo de la embajada española.

Por la tarde me encontré en el bar del hotel Memling con un joven español muy elegante, vestido con un polo amarillo y pantalón blanco, que resultó ser un ingeniero industrial catalán, copiloto de un avión americano B-52, que combatía como mercenario contra los “muleles”. Ante mi extrañeza, me aclaró:

-¿Sabes lo que me pagan? Mil dólares diarios.

Julio, que así se llamaba, estaba allí desde primeros de agosto, enrolado en un pequeño ejército de mercenarios al servicio del Gobierno. Me contó que el primer Ministro, Moisé Tshombé, ante el avance de los “muleles”, llamó a un militar inglés retirado, Mike Hoare, quien garantizó que en seis meses ganarían esa guerra. Y así fue. Con trescientos hombres y cinco aviones aniquilaron a la mitad de los guerrilleros de Mulele y a los que salieron vivos de los sangrientos combates los obligaron a refugiarse en la selva y abandonar las ciudades conquistadas, entre ellas Stanleyville, la segunda del país. Por ambas partes, la carnicería fue enorme. Los mercenarios, de más de diez nacionalidades distintas, formaban el llamado 5º Comando de Mike el Loco. Estaban repartidos por los territorios dominados por Mulele en grupos de cincuenta hombres. Veteranos de guerra y con moderno armamento, eran máquinas de matar. Creo recordar que ellos sólo tuvieron dos muertos y veinte heridos. Los veía salir del hotel por la mañana, al amanecer, vestidos de campaña y apenas podían andar por el peso de los chalecos antibalas y las armas que portaban. Los uniformes, plagados de bolsillos en las guerreras y los pantalones, iban repletos de bombas de mano. Los macutos, atestados de cajas de munición y pistolas. En bandolera, una metralleta y una especie de trabuco de boca ancha que disparaba perdigones de plomo del tamaño de un garbanzo. Montaban en “jeeps” y desaparecían camino del aeropuerto. Como los “muleles” atacaban en masa, también caían en masa. Yo vi en la ciudad de Stanleyville, que reconquistaron los mercenarios, varios montones de treinta o cuarenta cadáveres de muchachos negros, algunos de no más de doce o trece años. Julio me refirió que en una isla del río Congo se habían refugiado más de tres mil guerrilleros que huían de los mercenarios. Recibieron la orden de bombardear la isla.

-Descargamos más de veinte toneladas de bombas y napalm y la isla ardió entera.

Los “simbas”, niños guerrilleros que mataban sin piedad a los blancos después de drogarse.

Los “simbas”, niños guerrilleros que mataban sin piedad a los blancos después de drogarse.

Como prometió Mike el Loco, en seis meses no quedaba ninguna ciudad en manos de los rebeldes. El dirigente revolucionario Pierre Mulele estuvo escondido en la selva junto a una guardia de fieles seguidores hasta que lo capturaron con una estratagema. El presidente Mobutu le envió una carta con un mensajero diciéndole que el pueblo lo solicitaba, lo iban a presentar con todos los honores en un estadio de la capital e iba a formar parte del Gobierno. La noticia incluso salió en los periódicos locales. En un lugar previamente establecido recogió a Mulele el ministro Bomboko, quien en vez de llevarlo en el lujoso automóvil al campo de fútbol, lo trasladó hasta una casa apartada donde lo esperaban media docena de sicarios. Atado de pies y manos, le cortaron las orejas, las manos y los pies con afilados machetes. Todavía vivo, lo echaron a los cocodrilos. Mientras, los altavoces del estadio anunciaban que “el señor Mulele no había aceptado la invitación del presidente del Gobierno”.

Pero en medio de las atrocidades de esta guerra de 1964,

la mejor lección que aprendí en los veinte días que estuve en el Congo

fue conocer y admirar a centenares de monjitas y religiosos

de varios países que en las misiones curaban a los enfermos,

enseñaban a los niños a leer y a sus padres a cultivar la tierra,

sin  miedo a morir a manos de los “simbas”.

Su defensa era la confianza en Dios.

 

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Escrito por: Julian Navarro

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