Opinión
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Mena, el ingenioso Hidalgo del Humor

f266_jnavarroSus dibujos se publicaron en 33 países y en El Toboso creó un museo dedicado a Dulcinea, el amor platónico de don Quijote de la Mancha

No ha mucho tiempo que vivió en Madrid un hombre extraordinario, dibujante de línea pura, fino humorista y amante del mundo cervantino. Se llamaba José Luis Martín Mena, pero a él, de por sí sencillo y mesurado, le parecieron demasiadas letras las de su filiación, y pasó a la historia con el simple, sonoro, cariñoso apellido de Mena. Enamorado de  La Mancha y de don Quijote, creyó un día que la dama por la que suspiraba el Caballero de la Triste Figura no estaba bien tratada en la memoria de las gentes y tuvo la idea de crear en el Toboso, hermoso pueblo de La Mancha toledana, un museo dedicado a la sin igual Dulcinea, museo que en la actualidad visitan miles de  turistas españoles y extranjeros y se maravillan del talento y el arte que allí se exhibe.

Es menester decir, que si bien don Quijote de la Mancha no tuvo suerte con sus amores, porque jamás puso la mano encima del rollizo cuerpo de Dulcinea, llamada en la novela Aldonza Lorenzo y, al parecer, en la vida real Ana Martínez Zarco, Mena sí consiguió que lo amara (y lo sigue amando) la dama de sus sueños, la sin par Blanca de Astorga, quien  casó con él y guarda su recuerdo en el rinconcito más íntimo de su corazón. Blanca Abella Gavela, ilustre maragata, esposa muy amada por el admirado dibujante y humorista, lo acompañó durante largos años en sus quehaceres artísticos, en su vida diaria y hasta en su devoción  por las tierras que hace cuatrocientos años pisó don Miguel de Cervantes cuando era recaudador de impuestos en los campos de Montiel. Tanto cariño tiene Blanca por La Mancha cervantina, que cedió su magnífica colección de ejemplares de El Quijote al Ayuntamiento de El Toboso.

Ella fue la primera persona que conoció la intención de su marido de crear un museo de dibujos en honor de Dulcinea y lo animó a ponerlo en marcha. José Luis se presentó ante el alcalde de la ciudad, cuna del amor soñado por don Quijote, y le explicó su idea. A Mena le cedieron lugar adecuado y llamó a sus colegas que respondieron rápidamente. Los mejores humoristas españoles, Mingote, Chumy Chumez, Forges, Peridis, Ballesta, el propio Mena,  alguno extranjero, como el argentino Esteban Barbieri, hasta el ex ministro de Justicia López  Aguilar, y tantos otros,  igualmente importantes, vistieron de colores las paredes blancas del nuevo museo con más de setenta obras. Como si Don Quijote lo hubiera inspirado y le dijera “amigo José Luis, la generosidad es una de las mejores virtudes de los hombres”, Mena donó  el contenido de su museo al pueblo de El Toboso.

José Luis Martín Mena, dibujante de humor con prestigio internacional.

José Luis Martín Mena, dibujante de humor con prestigio internacional.

He comenzado esta narración refiriéndome a  la romántica, desinteresada obra de Mena en honor de Dulcinea, porque retrata la personalidad de un artista desprendido que tuvo a bien considerarme su amigo y me transmitió parte de su vasta cultura. Éramos casi coetáneos, él un año mayor que un servidor. En los años setenta del pasado siglo, siendo este colaborador subdirector de la revista Semana, lo conoció en una exposición de pinturas en la galería Alcón. Mena, considerado el mejor dibujante de humor de la llamada “línea clara”, por la rectitud y sencillez de su trazo, era un gran entendido en pintura. Si bien el dibujo es línea, la pintura es materia. Y el trato con la materia para lograr emoción y belleza, fue durante toda su vida una meta que logró, pero que sólo enseñaba a muy pocos. Estaba convencido  (y creo que tenía razón) de que su notoriedad como dibujante eclipsaría su valor como pintor, así que pintaba para él, para su esposa y para un puñado de amigos.

A los pocos días de conocerlo lo invité a colaborar en nuestra revista, aceptó encantado y ahí comenzó nuestra amistad. Amantes los dos de la pintura, nos citábamos en las exposiciones más importantes y me enseñaba los entre bastidores del arte, que dominaba, como un historiador, desde sus orígenes. Su fama como dibujante había comenzado cuando tenía dieciocho años al formar parte del plantel de humoristas de La Codorniz, “la revista más audaz para el lector más inteligente”, pero se acrecentó con su firma en el diario ABC donde creó el personaje de Cándido. Se decía, con razón, que muchos lectores abrían el periódico por detrás que es donde venía la “tira” de Cándido, un hombre inocente a quien sorprendían constantemente las paradojas de la vida. Este hombre era una caricatura del propio Mena: modesto, digno, desinteresado y siempre caballero intachable. Mena jamás rozó lo fácil, nunca caricaturizó a nadie, su humor blanco, limpio, puro, traspasó nuestras fronteras y  solicitaban sus dibujos publicaciones de treinta y tres países,  como el “Paris Match” de Francia o el “New York Times” de Estados Unidos de América.

Dibujo de Mena dedicado a su amigo Julián Navarro

Dibujo de Mena dedicado a su amigo Julián Navarro

Desde que Mena, con doce o trece años, comenzó a dibujar para la revista infantil “Flechas y Pelayos”, tenía en la cabeza la idea del idioma universal del arte, la manera de contar una historia que se pudiera entender en  cualquier país. Mientras la música, la pintura, la danza, la arquitectura, la comprendían de igual manera un chino o un sueco, el lenguaje escrito había que traducirlo a otro idioma y muchos giros o frases hechas  perdían su gracia. Así que eligió el camino más difícil: suprimir los textos y que el mismo dibujo “hablara” por sí mismo. Esta manera de expresar el humor visual, que él practicó a partir de los años sesenta,  sólo está al alcance de  muy pocos  privilegiados y uno de ellos era Mena. Por eso, en su vitrina de premios se reunieron los más prestigiosos españoles (el “Mingote” y el “Paleta Agromán”) e internacionales como la Copa de Honor de la Bienal de Humor en el Arte de Torentino, Trofeo de plata en el Festival de Bordighera, Premio especial en San Remo y otros de Europa y hasta de extremo Oriente.

Mena utilizaba las dos manos para dibujar sus personajes, aunque dominaba más la izquierda. Mantenía que la esencia del humor era contar una historia que rompiera la lógica y  provocara en el espectador sorpresa y sonrisa. Por ejemplo, en uno de sus dibujos aparece un pobre pidiendo limosna y lleva con él un perrito que sostiene un platillo en la boca. Llega una señora y en lugar de poner  una moneda en el platillo echa un hueso para el perro.

Todos los jueves, sobre la una y media de la tarde, aparecía Mena en mi despacho y me entregaba sus cuatro dibujos en un sobrecito. Luego se acomodaba en un butacón y aguardaba a que yo terminara mi trabajo para tomar juntos una cerveza en un bar cercano. Podía esperar una hora, callado, sin mover un músculo de la cara, pero observando cada detalle con sus ojos vivaces. Su cerebro era una máquina de creatividad. Un jueves, cuando llegó,  estaba escribiendo a máquina un texto que me resultaba dificultoso. Se lo comenté y a la semana siguiente me regaló un  dibujo dedicado que reproducimos en esta semblanza: un pajarito dictando al oído a  un periodista lo que tiene que escribir. En otra  ocasión le presenté a uno de mis hijos que es profesor superior de piano. Mena, amante de la música clásica, le preguntó de todo y mi hijo lo invitó a su estudio para tocar para él. Quedó feliz después de escuchar una sonata de Albéniz. A los pocos días le envió un dibujo, dedicado,  de un nido de pajaritos con la madre enseñándoles notas musicales. Mena regalaba su  amistad y su talento.

Así era el inolvidable artista que se fue, en silencio, el 27 de marzo de 2.006 cuando estaba en la plenitud de su vena creadora. Un abrazo, José Luis..

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Escrito por: Julian Navarro