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Mingote, genio y figura

RECUERDOS DE UN VIEJO PERIODISTA

El pasado 3 de abril se han cumplido dos años de la muerte del gran dibujante

f265_j _navarrocomienzos de la década de los 60 coincidí, durante una semana, con Antonio Mingote en Córdoba, donde se había refugiado tras sufrir  uno de los golpes más amargos de su vida: la separación, brusca e inesperada, de su primera esposa, Amparo Ferrer.

Por aquella época, en  julio, a mediados de un verano rabioso, me hallaba en la Ciudad Califal recopilando documentación para escribir “Gloria y tragedia de Manolete”, un serial de veinte capítulos que publiqué en mi periódico,  “El Alcázar”, y que todavía circula por Internet, sin mi firma. Me alojaba en el Córdoba Palace, que dirigía mi buen amigo toledano Angel Palomino, quien además de  excelente escritor sabía llevar, como pocos, las riendas  de los grandes hoteles. En una de sus novelas, “Torremolinos, gran hotel”, narra las mil y una peripecias que surgen a diario en estos colosos de la buena vida donde el cliente puede encontrar todo lo que se le ocurra si tiene dinero para pagarlo. Me contaba que un excéntrico millonario, en un hotel de lujo de Nueva York, pidió al director dar un paseo en un elefante. El director, sin inmutarse, le preguntó: “¿Quiere el elefante  de África o de la India?”.

Palomino era uno de los íntimos amigos de Mingote. Además de coetáneos, ambos nacieron en el año 1919, Antonio el 17 de enero y Angel el 2 de agosto, fueron militares, escritores y compañeros en la revista “La codorniz”. Nada mejor que la ayuda de Palomino para intentar mitigar el dolor de Antonio Mingote, quien por una pirueta inexplicable de la convivencia, se vio separado, de la noche a la mañana, de su esposa, de quien estaba profundamente enamorado. Antonio y Amparo eran padres de un niño, el pequeño Carlos.

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Antonio Mingote dedicó este dibujo, publicado en ABC, a nuestro colaborador cuando este era subdirector de la revista Semana.

Antonio Mingote aceptó la invitación de Palomino y llegó a Córdoba con su maleta y con sus plumillas de dibujo, puesto que enviaba a diario su colaboración al periódico ABC. Angel me informó de lo que le había ocurrido a Mingote y me pidió que estuviera con él todo el tiempo que pudiera para que no se sintiera solo. Yo conocía a Mingote desde 1956 en que llegué a Madrid. Como lo admiraba porque era una bellísima persona, una primera figura del periodismo, no sólo por sus dibujos, sino también por sus magníficos relatos, y me encontraba muy a gusto en su compañía, agradecí esta sugerencia de Angel y me convertí en su acompañante durante el tiempo que me dejaban libre mis citas con amigos y familiares de Manolete, quien sigue siendo una figura legendaria del toreo, no sólo en Córdoba, sino en toda España. Alguna vez fuimos juntos a la Sociedad de Plateros, una especie de gran bodega donde se celebraban tertulias taurinas y yo quedaba con muchos aficionados  que me contaban anécdotas y me traían fotografías, algunas inéditas, del gran torero muerto en  Linares en 1947. Y visitamos los monumentos más célebres como el Alcázar de los Reyes Cristianos, la impresionante Mezquita, la Torre de Calahorra y otros que recordaban la huella que dejaron en Córdoba romanos y árabes.

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De derecha a izquierda, Angel Palomino, Antonio Mingote, esposa e hijo de Angel Palomino y Julián Navarro, en los años 60 del pasado siglo, en los jardines del hotel Córdoba Palace.

Por las noches, tan calurosas en Córdoba, cenábamos, en los jardines del hotel, Angel Palomino, su esposa y su hijo, Antonio Mingote, un servidor y algunas personas importantes que deseaban conocer al gran dibujante y escritor. Antonio Mingote hablaba poco, pero estaba atento a las conversaciones. A veces se quedaba solo con sus pensamientos mientras dibujaba  con un bolígrafo en algún trocito de papel. Estaba triste a pesar de que esbozara una sonrisa por respeto a los demás, aunque no le apeteciera.

Cuando Antonio Mingote regresó a Madrid, Angel Palomino lo llamaba por teléfono todos los días. Si me cruzaba con Angel me decía: “Un abrazo  de parte de Antonio”. De esta manera se fraguó entre Mingote y yo una amistad que mantuvimos a lo largo de medio siglo, aunque solamente nos viéramos de tarde en tarde en alguna exposición o en la presentación de un libro. Muchos compañeros  suyos, como el guionista Rafael Azcona, el productor de cine José Luis Dibildos, Alfonso Ussía, Luis María Anson, Tono y Luis del Olmo, entre otros, lo consideraban como un hermano.

Antonio Mingote era hijo de un gran músico aragonés, originario de Daroca, Angel Mingote, compositor, investigador, profesor en Zaragoza y en Madrid, y de Carmen Barrachina, escritora y poeta. Puede decirse que desde su infancia Antonio estuvo rodeado de libros y de arte. Por eso, a los trece años decidió ser pintor. A ello le animó el ver publicado uno de sus dibujos, el conejo “Roenueces”, en el suplemento infantil de la revista semanal Blanco y Negro.

“Por la Guerra Civil tuve que dejar los pinceles y las enseñanzas del pintor Ángel Novella y ponerme la guerrera del Ejército a los 17 años”.

La vida de Mingote, como la de cualquier español, fue muy dura en la postguerra. Se estableció en Madrid en 1944 junto a sus padres y su hermana Mercedes. Había estudiado algunos cursos de Filosofía y Letras, podía haber seguido en el Ejército ya que era alférez provisional, pero se consagró al dibujo y al humor.

“Por mucho que lo intenté jamás podía pintar o dibujar en serio. Siempre aparecía el lado humorístico por algún lado. La vida me resulta totalmente incoherente y esta incoherencia se refleja en mis dibujos hasta sin querer”.

Antonio Mingote bebió en las fuentes de Goya, Picasso y Cervantes. Además de su faceta literaria y humanística, como dibujante fue dueño de una creatividad caudalosa, como un río interminable, con un trazo singular a la altura de los mejores dibujantes expresionistas del mundo. Era capaz de dibujar mil personajes distintos sin repetir ninguno de sus rasgos. 

A los 28 años se quedó sin madre. En 1961 falleció su padre. Antonio Mingote era ya un hombre admirado y respetado. Con razón decían que sus dibujos eran  los mejores editoriales de la prensa española. Quizás recordando su propia existencia publicó un libro en 1970 con dibujos extraordinarios titulado “Hombre solo”. Era su obra preferida. Pero la soledad terminó para él en 1966 cuando se casó con Isabel Vigliola, una mujer bella e  inteligente que ordenó su vida y su trabajo.

“Si no hubiera sido por Isabel me habría muerto de algo. De hambre, porque apenas comía. De cansancio, porque no dormía. O de mi desorden natural porque todo se me perdía,  jamás he sido capaz de encontrar nada”.

Al lado de Isabel superó un grave infarto. Y dibujó lo mejor de su vida, como las ilustraciones de El Quijote. Recibió premios y distinciones: Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, el Mérito en las Bellas Artes, Premio Nacional de Prensa, Académico de la Lengua, y finalmente Marqués de Daroca “por su destacada, aguda y creativa trayectoria profesional”, según rezaba la concesión del título por parte del Rey don Juan Carlos.

Un compañero suyo de la Real Academia de la Lengua dijo que Antonio Mingote era uno de los diez personajes españoles más importantes del siglo XX, a la altura del  premio Nobel Vicente Aleixandre, del poeta Antonio Machado, de virtuoso pianista y compositor Isaac Albéniz o del filósofo Ortega y Gasset. Este humilde periodista cree que tenía razón.

Pero el  premio que más ilusión me ha hecho en mi vida fue el nombramiento de Alcalde Honorario del Parque del Retiro”, decía con su habitual franqueza. 

Por eso, cuando falleció, el 3 de abril de 2012, rodeado de su hijo Carlos, de sus nietos Héctor y Pablo y de su esposa Isabel, expusieron la capilla ardiente en su amado parque del Retiro.

A lo largo de sus 93 años de vida, su bandera fue el talento y la sencillez. Todo un ejemplo.

por Julián Navarro

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Escrito por: Julian Navarro